
Por: Osvaldo Nina Baltazar*
El cambio del año base del Producto Interno Bruto (PIB) en Bolivia -de 1990 a 2017- constituye una de las transformaciones estadísticas más importantes de las últimas décadas. Su relevancia no radica solamente en actualizar la medición del crecimiento económico, sino en redefinir la lectura analítica de la estructura productiva del país. La adopción del Sistema de Cuentas Nacionales 2008 (SCN 2008), la incorporación de encuestas económicas recientes, una mejor medición del sector servicios y la reclasificación productiva permiten retratar con mayor fidelidad una economía que ha cambiado profundamente desde los años noventa.
Un aspecto metodológico central es que el INE presenta la participación sectorial del mismo año (2017) calculada con ambas bases: la antigua (1990) y la nueva (2017). Esta comparación constante permite aislar el efecto metodológico y observar cómo la estructura productiva “medida” cambia, aun cuando la economía real es exactamente la misma. El resultado es una recomposición significativa que no expresa transformaciones reales de corto plazo, sino correcciones estadísticas y actualizaciones estructurales que alinean el sistema contable con la economía contemporánea.
La comparación entre ambas bases muestra un patrón claro: la economía boliviana de 2017 es menos primaria y más urbana-servicial de lo que sugería la base 1990 (ver gráfico). La fuerte caída relativa de agricultura y transporte -sectores que pierden entre 3 y 4 puntos porcentuales- revela que la antigua estructura sobrestimaba su peso debido a limitaciones metodológicas, precios base antiguos y menor cobertura estadística. Por otro lado, el aumento de comercio y construcción indica que el dinamismo urbano, la expansión de servicios y la formalización gradual de unidades económicas tuvieron un peso mayor del que la base antigua podía captar. Más que un cambio económico repentino, la nueva base nos muestra una radiografía más precisa de la Bolivia que efectivamente existe.

Este ajuste metodológico también aclara la posición de la administración pública. Su reducción de 14,7% a 12,8% del PIB no debe interpretarse como un achicamiento del Estado, sino como una forma más rigurosa de medir el valor agregado no de mercado conforme al SCN 2008. Se corrigen distorsiones habituales en bases antiguas, donde el valor agregado del sector público tendía a ser sobrestimado por la estructura de costos y la ausencia de mediciones diferenciadas por función.
Un elemento clave que acompaña este cambio de base es la actualización de la Matriz Insumo-Producto (MIP). La MIP 2017 ofrece una visión detallada de cómo se articulan los sectores entre sí: qué ramas proveen insumos a otras, cuáles son los multiplicadores de producción, qué sectores generan mayor demanda intermedia y dónde se ubican los encadenamientos críticos. Su actualización es indispensable porque la estructura productiva de 1990 ya no reflejaba los patrones actuales de integración productiva, especialmente en manufacturas, servicios empresariales, logística y comercio moderno. Con una MIP renovada es posible analizar cuellos de botella, identificar sectores con mayor capacidad de arrastre y diseñar políticas industriales basadas en evidencia y no en intuiciones heredadas.
Estas transformaciones tienen implicaciones profundas para las políticas públicas. Por un lado, revelan que durante más de veinte años los diagnósticos sectoriales se apoyaron en ponderaciones que no reflejaban la estructura real de la economía. Esto pudo haber llevado a priorizaciones erróneas, subestimación del papel de los servicios, sobreestimación del sector primario y a una lectura distorsionada del tamaño relativo del sector público. Por otro lado, la nueva base resalta la importancia de abordar políticas de productividad urbana, formalización, logística, innovación y servicios modernos, que hoy explican una parte sustancial del valor agregado nacional.
En síntesis, el cambio del año base no modificó la economía real, pero sí transformó la manera de comprenderla. La nueva estructura productiva obliga a actualizar diagnósticos, replantear prioridades sectoriales y formular políticas coherentes con la economía existente, no con la que reflejaban estadísticas ancladas en 1990. Toda agenda de desarrollo que aspire a ser efectiva deberá partir de esta nueva fotografía estadística y de los encadenamientos que revela.
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* Investigador Senior de INESAD, onina@inesad.edu.bo
Los puntos de vista expresados en el blog son de responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la posición de sus instituciones o de INESAD.
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Fuente: elaborado con base en información del MEFP y BCB











