Macroeconomía

¿Derechos de Propiedad Intelectual?

Recuerdo que hace unos diez años la radio en Bolivia pasaba un comercial que decía algo así: «Si no luchamos contra la piratería intelectual la próxima música que escucharemos será … (cinco segundos de silencio).» Realmente asustaba. En Estados Unidos y Europa la cantaleta era – y sigue siendo – la misma: «¡Te estamos observando! La piratería es un crimen.» O el famoso: «Si no le permites a tus hijos robar un helado, ¿por qué les permites bajar canciones de Internet?»

La cruzada antipiratería es global e inagotable. Millones de dólares se gastan anualmente en ella. De tanto repetirla, además, se ha convertido en una verdad incuestionable. De esas verdades en las que todos parecemos estar de acuerdo y ya ni nos preguntamos si en realidad lo son. Copiar discos, videos o libros es malo. Eso ya nadie se atreve a negarlo. Si la campaña antipiratería no ha logrado eliminarla del todo, sí que ha logrado instalarse en lo más profundo de nuestras conciencias.

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¿Menos Mercado y Más Compadrismo?

¿Por qué han surgido movimientos de oposición en contra del capitalismo en Bolivia y/u otros países en América Latina? La respuesta inmediata que viene a la mente es: La pobreza no superada por las políticas de libre mercado. Lo que hace surgir otra pregunta, entonces ¿Porqué otros países como Chile, Singapur, Hong Kong, Corea del Sur, China, Irlanda, Taiwán y un sin fin de ejemplos que implementaron similares políticas de mercado, sí han tenido éxito? Gary Becker, premio Nóbel de economía 1992, en un debate con Richard Posner (www.becker-posner-blog.com) sostiene que una de las principales razones que explicaría el fracaso en la lucha contra la pobreza en los países de América Latina, y el consiguiente rechazo a una economía de mercado, es porque en estos países en lugar de desarrollarse el capitalismo competitivo, que produce resultados sociales bastante favorables, se ha desarrollado el «crony capitalism» (en Boliviano, capitalismo de compadres).

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Mercados, Economistas y Café

Ser profesor de Economía te crea «mañas» que terminan por hacerse crónicas. Hablar solo descifrando los vericuetos de algún modelo o soñar con maximizaciones y equilibrios están entre las más comunes. Ninguna, sin embargo, debe ser tan placentera como nuestra conocida adicción al café. Una maña que ya llega ha hacerse callo.

Un alumno me preguntaba el anterior semestre por qué los profesores de Economía visitaban los Cafés todas las santas tardes como si de un acto religioso se tratara. Somos adictos, le respondí, al café y a la economía. Los economistas tendemos a juntarnos – posiblemente como una respuesta gremial a nuestra perenne impopularidad – y nada nos da mayor gusto que hablar de nuestra ciencia. El café es la excusa perfecta.

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